Mi madrastra no me mima

Me masturbé antes de salir de la ducha. Comenzaba el verano y me disponía a dejar Valencia para regresar a casa de mi padre. Evidentemente, allí no tendría tanta libertad para escribir relatos y ver porno, de modo que quise darme un último capricho antes de hacer las maletas y emprender viaje.

Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeño, pero se llevaban bastante bien. Cuando se conocieron, ella era una chica extrovertida de viaje por Ibiza con sus amigos; mi padre un empleado de banca bastante atípico, muy simpático y bonachón. Pero el amor se les acabó al poco de nacer yo y enseguida se divorciaron.

A mí me gustaba ir a Ibiza por dos razones evidentes: tenía alojamiento gratuito y pensión completa. La gente pagaba barbaridades por pasar allí unos días. En cambio, yo estaba dos meses a cuerpo de rey y sin gastar ni un euro. Además, como mi madre siempre había sido muy alegre y bohemia, le encantaba tenerme con ella y me dejaba ir a mi aire sin demasiadas objeciones.

Sin embargo, el año pasado fue diferente. Mi madre había tenido que retornar a la península para relevar a mis tías en el cuidado de la abuela, que aquel invierno había sufrido una embolia cerebral y todavía se estaba recuperando de la hemiplejia. En cambio, mi padre, que ya sobrepasaba la cincuentena, había rehecho su vida con una mujer despampanante. Se llamaba Teresa, Teresa Rhomberg y, como mucha gente de las Baleares, era de origen alemán. Conoció a mi padre en el banco, pues fue destinada como directora de la sucursal donde él trabajaba. Unos meses después, mi agraciada madrastra quedó embarazada, si bien ya tenía una niña pequeña de una relación anterior.

A mí, hijo único hasta aquel momento, me ilusionó pasar el verano con mis nuevas hermanas, sobre todo con la de ocho años, con quien era imposible aburrirse. De manera que cuando mi padre me invitó a pasar ese verano con ellos, acudí de buena voluntad. Tenía claro que le vendría bien mi ayuda, al verse de repente con una niña y un bebé en casa.

Por desgracia, mi madrastra no era ningún encanto. Yo sólo la conocía de las escasas reuniones familiares, pero no me caía nada bien. No me gustaba, excepto físicamente, claro. Era muy chula y prepotente. Teresa tenía un temperamento agrio y dominante, muy propio de la importancia de su cargo en el banco. Además, un ego exagerado la hacía vanagloriarse de su deslumbrante belleza. En resumen, a mis ojos era la típica ejecutiva alemana, voluptuosa, con grandes pechos y culo imponente. Además de muy guapa, poseía unos irresistibles ojos azules cuya luz era capaz de robar al sol todo su brillo.

Yo tenía claro que Teresa era una mujer despótica y manipuladora, y que en casa se hacía lo que ella decidía, pues sabía imponer su criterio e invalidar cualquier otro. Se comportaba de forma indulgente y melosa con mi padre, siempre y cuando éste no replicase, pero conmigo fue una bruja desde el principio.

No habían sido muchas, pero en todas las ocasiones que habíamos coincidido, mi madrastra me había hecho reproches y menosprecios. Unas veces relacionados con mis estudios de Enfermería, que ella consideraba inadecuados para un hombre, y otras veces sermoneándome por haber suspendido alguna asignatura. Organizando cada encuentro, cada comida o lo que fuera, sin dar a los demás la posibilidad de opinar.

Paradójicamente, aquella mujer era el motivo fundamental de que quisiese pasar el verano en casa de mi padre. Quería tenerla cerca, toparme con ella por casa, verla salir de la piscina en bikini, contemplar como le botaban las tetas al montar a caballo o cuando salía a correr, oírla tocar el piano y, poco a poco, ir conociéndola mejor y quitarme esa visión tan negativa que tenía de ella.

Para celebrar mi llegada, la primera noche fuimos todos a cenar a un mesón cercano. Lo conocía de otras veces, y se comía muy bien. Me gustaba el delicioso revuelto de espárragos que preparaban allí, y también el pescado a la plancha con guarnición de verduras.

— Bueno, Alberto, cuéntanos. ¿Cuántas te han quedado esta vez? ¿O has aprobado todo? —acabábamos de sentarnos y Teresa ya se estaba metiendo conmigo.

— He aprobado todas, menos dos —repliqué con la cabeza alta— Las sacaré el año que viene, al mismo tiempo que el trabajo de final de grado.

— Ah, no está mal… Pero te habrán quedado las más difíciles, ¿no? —me azuzó sin dejar de sonreír.

— Sí, las más difíciles…

— Bueno no te preocupes —intervino raudo mi padre— Cuéntanos de qué vas a hacer el trabajo.

«Sobre el modo más eficaz de estrangular a esta zorra, papá», me dije.

— Pues no lo he decidido aún… De algo de deporte.

— ¡De deporte! Es un tema un poco raro, ¿no? —malmetió Teresa— Quiero decir… que no hay mucho trabajo de Enfermería en eso…

Resoplé. Quería dar por terminada la conversación, pues me sentía incómodo teniendo que justificarme continuamente ante ella y los demás. También porque me importaba tres pepinos lo que ella pensara de mis estudios.

— Aún no lo tengo decidido —sentencié mirándola sin pestañear.

— Pues deberías pensar un poco más en tu futuro y no dejar las cosas para el último momento —insistió.

Ante su obstinación, la única manera que se me ocurrió para zanjar el tema fue disculparme e ir al baño.

Al volver, me sorprendió que los camareros estuviesen sirviendo la mesa sin que hubiésemos pedido todavía.

— ¿Y esto? —pregunté al ver langostinos, gambas y otras clases de marisco que me sientan fatal.

— Teresa eligió el menú cuando reservó la mesa —respondió mi padre con cara de circunstancias. Acababa de caer en la cuenta de que yo no podía comer de aquello.

— ¿Cómo? Yo quiero elegir.

— ¿No te gusta? —dijo mi madrastra extrañada— Pues a Nayara le encanta.

De hecho su hija mayor ya pelaba una cigala a la velocidad de la luz.

— Es que no puedo comer marisco. Me sienta mal.

No mentía, en una ocasión unas simples gambas me habían provocado dificultad para respirar y una espantosa erupción cutánea que picaba mogollón.

Observé la mesa con frustración. Tenía hambre, pero no me apetecía casi nada de lo que Teresa había encargado. Desde luego el verano prometía…

— Tonterías. Con lo mayor que eres y ni siquiera quieres probarlo —comentó Teresa con desdén— Pero bueno, si el niño quiere, le pedimos salchichas y patatas fritas… —lo dijo seria, pero con intención de ridiculizarme.

— No hace falta. Comeré de esto…

Entre los comentarios de la mujer de mi padre y lo poco que comí, la cena fue penosa. Al llegar a casa asalté la nevera, y me hice un tazón de leche con cereales.

— Eso engorda, Alberto —fue la observación que hizo Teresa nada más verme— Y no te los acabes, que mañana tu hermana tendrá que desayunar.

— ¿Que engorda? Me da igual, estoy flaco —me defendí, haciéndole una mueca de burla.

— Ya llegarás a los cuarenta, ya. Y si no, mira tu padre… —apostilló saliendo de la cocina.

Los días siguientes disfruté mucho con mi hermana recién nacida, cambiándola, durmiéndola y jugando con ella. También con Nayara, que estaba loquita conmigo. Y la verdad que les vino muy bien a mi padre y a Teresa, que podían ir a trabajar sin agobios porque yo me quedaba con las pequeñas. Acababa rendido todos los días. Alguna tarde quedé con mis amigos de toda la vida, pero la verdad que pocas veces porque tenía que estar al tanto de mis hermanas casi todo el día.

Después de una semana y media de vacaciones, llegó el viernes. Había quedado por primera vez con mis colegas para salir por la noche. Nos íbamos de cena y borrachera. Hasta habíamos comprado cervezas y vodka para beber bajo las farolas del parque. Pero lo mejor fue que Mapi, la chica que más me gustaba, también venía. Aunque luego se iba todo el verano a Irlanda y sólo estaría ese finde en la ciudad.

— Tío, hoy te la follas —me escribió un amigo.

— No hables así de Mapi, hostia

— Que sí, coño.

— Se lo ha dicho al Pelusa.

— Joder, tío. Un año sin verla. Qué emoción!!!

— ja ja ja

— Tranki

— Hemos comprado 2 botellas de vodka.

— Vodka!

— Ostia, tío. Que no la veo desde el verano pasado.

— Pues el pelusa me ha dicho que ella ha preguntado por ti.

— Que si ibas a salir…

— El pelusa le ha dicho que sí, que ya estás por aquí.

— Que guay.

— Bueno, y tu??? Le dices algo a Patri, o qué.

— Ja Ja Ja. A esa le meto hoy.

— Ya verás.

— Ja ja ja

— Bueno, tío. Te tengo q dejar.

— que estoy aquí con las niñas.

— ja ja ja

— Vale, pringao.

— Esta noche nos vemos.

— Hasta luego.

Esa fue la conversación que tuve por WhatsApp con mi colega. Después de los exámenes, y de no tomar más que alguna cerveza por la tarde, tenía unas ganas locas de juerga. Y además iba a ver a la chica de mis sueños.

Me duché y arreglé. Me puse mis Levi’s favoritos y un par de pulverizaciones de Massimo Dutti. Y el toque final, gomina para dejar el pelo perfectamente despeinado. Bajé las escaleras con el móvil en la mano, avisando de que me iba. Pero me topé en la puerta con mi madrastra. Estaba poniéndose unos pendientes frente al espejo e iba muy arreglada.

“¡Joder, qué culazo!”, pensé fijándome en lo bien que le sentaba aquella falda entallada.

— ¿Dónde vas? —quiso saber.

— He quedado con éstos.

— ¿Cómo que has quedado? ¿No te ha dicho nada tu padre?

— No. ¿De qué? ¿Qué me tiene que decir? —pregunté poniéndome nervioso.

— Que nos vamos de cena y tienes que quedarte con las niñas —aquello no fue una petición, sino una orden en toda regla.

— ¿Qué? ¡Pero si he quedado!

— Imposible. Tendrá que ser otro día. Hoy te quedas aquí —repitió.

— Hoy no puedo, de verdad —supliqué.

Ella se cruzó de brazos y me miró a los ojos como el portero de un pub, impasible. Dejando claro que no me permitiría salir, que no encontraría el modo de esquivar su impresionante busto.

— Tu padre y yo tenemos cena con un alto cargo de la central, y no tenemos niñera —parecía una jueza dictando sentencia.

— Por favor… Viene la chica que me gusta —imploré con un hilo de voz, casi sin esperanza.

— Con que una chica… —insinuó de forma maléfica— No llegaremos tarde. Podrás salir después.

Regresé a mi cuarto, rabioso, avisando al grupo de WhatsApp de que casi seguro que no salía, y si lo hacía, sería bastante tarde.

Me quedé con las crías y me encargué de que cenaran. Aunque esa noche me hubiese gustado salir de fiesta, a mí me encantaba estar con mis hermanas, con las dos. No estimaba a una más que a la otra. Aunque una llevase parte de mi sangre y la otra no, yo las quería igual. La mayor se fue a dormir como una santa, pero la bebé se quedó jugando hasta que también se durmió en mis brazos rato después. Entre tanto, mis amigos mandaron alguna foto al grupo que me causaron una gran desazón. Sobre todo porque Mapi estaba allí, riendo en primera fila.

Así que, para pasar mejor el disgusto, me serví un trago. En concreto, un gintónic. Y me quedé viendo una película mientras esperaba.

Con el eximente del alcohol, se me ocurrió una maldad. Sí, husmearía en la ropa interior de mi madrastra y puede que hasta me frotase la polla con ella. Sería una inocente venganza por fastidiarme la noche. De manera que fui a su alcoba y abrí el cajón de la ropa interior.

Estaba lleno de lencería de todo tipo, de la más fina en distintos colores: roja, negra, blanca, y sencillas bragas de algodón. Las fui escogiendo y colocando en semicírculo encima de la cama. Una de cada color, también de las blancas. Cuatro en total. “Vaya, vaya…”, me dije al tocar algo más al fondo del cajón. Mi adorada madrastra tenía una colección muy completa de juguetes. Había un succionador de clítoris y varios dildos. Uno de ellos, un elegante cilindro vibrador metalizado; otro, una gran polla de goma negra con venas y todo; y el último, aunque no menos impactante, era un pequeño plug para el ano. ¡La madre que la parió! Cautelosa y previsora, tenía además un botecito de lubricante que yo contemplé ensimismado. Estaba a la mitad, osea que debía darle bastante uso, me dije con regocijo. Por último, tan al fondo que solo la vi al asomarme a comprobar que no quedaba nada más, vi una fusta que todavía conservaba la etiqueta de Decathlon. Desde luego, mi padre no debía aburrirse en la cama con semejante golfa.

En ningún momento sentí miedo ni remordimientos, no era consciente de lo que hacía. Estaba demasiado bebido y excitado. Sospechaba que mi malvada madrastra percibiría el desorden de sus bragas, pero me daba lo mismo. Me bajé la cremallera y, no sin dificultad, extraje mi imperiosa erección fuera de los jeans.

Tenía una polla de la hostia, o eso había afirmado la primera chica en ser misericordiosa conmigo. Y es que Rocio era una colegiala de buena familia y uniforme católico a la que habían inculcado la caridad cristiana desde niña. Que por eso todas esas alumnas idénticas hacen unas mamadas tan gloriosas, porque son todo bondad y les cautiva tener un buen pollón en la boca.

Me imaginé a la fascinante esposa de mi padre con aquellas braguitas y nada más, caminando de forma sexy, contoneando las caderas, reclinándose de espaldas a mí para hacer a un lado la costura de su braga y alborotando su sexo mojado con un dedito.

El resultado fue que se me puso aún más tiesa y me la agarré con ambas manos, como si la tuviera atrapada en el interior de su formidable culazo. Observé entonces el dildo de color negro, y ya no me pareció tan grande. Como decía un amigo: “Agarrarse la polla con una mano es la hostia, y con las dos, la hostia puta”.

Reí aquella ocurrencia y fui dando la vuelta a las bragas, decidido a llenarlas de semen por la parte de atrás. Luego tomé el lubricante de mi madrastra y derramé un buen chorro a lo largo de mi miembro. Me dije que si Teresa guardaba aquel gel en su dormitorio tenía que ser porque gustaba de hacerse encular de cuando en cuando, en fechas señaladas o con periodicidad fija. A saber…

Supuse también que, a pesar de su hermoso tamaño, el trasero de Teresa debía ser angosto. De hecho, su plug no tenía, ni mucho menos, el diámetro de mi verga en ese momento. Fantaseé pues que tenía a Teresa colocada a cuatro patas en el borde de la cama, y que le había comido alternativamente sendos orificios hasta hacerla alcanzar un clamoroso orgasmo bilateral.

Entonces sí, había insinuado mi miembro delante de su sexo y éste lo habría fagocitado igual que una anémona venenosa, dejándolo aturdido con sus flujos venenosos. La había follado pacientemente, a fuego lento, cociéndome en su salsa.

Tras unos minutos recibiéndome al natural, empujada poco a poco hacia la cúspide de la excitación, extraería mi sexo rebozado de caldo. La pobre zorrona se quedaría consternada por el súbito vacío, desconsolada, deseosa de sentirse llena otra vez. No, más llena todavía.

Se suponía que aquella era una paja de revancha, de desquite, pero llevaba camino de ser la mejor de mi vida. Mi pollón resbalaba entre mis manos como si realmente estuviera dentro del pringoso coño de mi madrastra. Y entonces me dispuse a hacerla ver las estrellas.

Entrelacé los dedos e imaginé que encajaba mi ariete entre sus nalgas. Y ella daba un ligero respingo, repentinamente nerviosa. “Relaja, rubia, relaja”, le decía al percibir cierta resistencia. “Venga, aguanta”. Entonces la sujetaba de las caderas y empujaba sin titubeos a fin de no prolongar inútilmente el suplicio. En un instante finito ambos extremos de su aparato digestivo se abrirían de par en par, sobrecogidos, alucinados: su boca libre de abroncarme, de despotricar que esas no eran formas y mentar a la madre que me parió; su ano atorado, al límite, lleno a más no poder.

Sería entonces, al volver la cabeza y tomar conciencia de que su hijastro la estaba sodomizando, cuando Santa Teresa padecería un éxtasis místico. Pero yo aún la exaltaría más alto, más arriba, santificando su glorioso trasero, bendiciendo su orificio con la solidez de mi cirio.

La follaría como a una reina, como a la más puta entre todas las mujeres, exasperando su clítoris para que se corriese conmigo, jadeando entre espasmos, chorreando, aprisionando mi miembro con sus glúteos,tirando de él, deseando arrancármelo .

¡Iba a eyacular! El esperma ya estaba ahí, listo para salir. Así que atrapé las bragas rojas y me envolví el glande con ellas.

¡Toma, zorra!, maldije.

El chorro fue tremendo, de manera que las dejé caer al instante y tomé las siguientes. Las negras fueron aún más afortunadas, pues recibieron dos generosos manchurrones sobre el luctuoso encaje. Le llegó el turno a las blancas, que también quedaron bien servidas de semen. Y por último me limpié con las de algodón, las más suaves y agradables al tacto. Con ellas me escurrí la polla a conciencia, asegurándome de que los últimos grumos quedasen sobre la blanca tela. La vida mancha, y tal fue así que, al final, ésas sencillas bragas de señora fueron las que más salpicadas quedaron.

Fue una corrida tremenda, exagerada, la mayor de mi vida. Y no sólo en honor a mi madrastra, sino sobre un surtido de sus bragas. Las doblé cuidadosamente, como cartas lacradas y luego las volví a guardar en su sitio.

Estaba ansioso por ver la cara de mi madrastra cuando descubriera aquel regalo. Me regodearía adivinando la turbación en su rostro, cualquier gesto o expresión de consternación. O aún mejor, que me echara en cara lo que había hecho con sus bragas, que se pusiera furiosa y me increpara.

Volví al sofá y me bebí otro gintónic. Conforme pasaba el tiempo iba cada vez más achispado. Al acabarme el tercer gintónic, escuché la puerta. Eran casi las cuatro de la mañana. “Pues sí que… Y eso que iban a volver pronto…”. Salí a su encuentro y pude verificar que iban tan ebrios como yo, o puede que más.

— Hola, chaval. ¿Todo bien con los dos terremotos? —preguntó mi padre.

— Sí, sí. Están dormidas. Me voy a ver si aún está la peña por ahí —dije al tiempo que salía.

— ¡Pásalo bien con tu amiguita! —me deseó Teresa con cierto retintín.

— Y tú también —le solté con malicia, pensando en la fusta.

Por supuesto al llegar al pub donde estaban mis colegas, Mapi ya se había ido. Maldije mi puta vida, pero en el fondo me sentía bien a gusto con lo que había hecho en casa.

— Tío, ha preguntado por ti —dijo el Pelusa nada más verme aparecer— Y ha esperado bastante, pero mañana se va de vacaciones…

— Bueno, no hay mal que por bien no venga…

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“No hay mal que por bien no venga”, me repetí, prometiendo vengarme de cada menosprecio, agravio y humillación por parte de mi madrastra. Por supuesto, mi padre también tenía parte de culpa por no haberme avisado de que no tenían niñera, pero sobre todo por poner su diversión y la de su esposa por encima de mí. Aunque yo sabía que la verdadera arpía era ella, que había disfrutado al imponerse y obligarme a quedarme en casa cuidando de sus hijas.

Con todo, esa noche aún bailé, canté, bebí y me divertí a lo grande. Llegué a casa a mediodía, después de almorzar en un bar con los últimos de la fiesta. Desperté a la hora de comer, con un cuerpo obtuso que arrastré de forma penosa por la casa. Tras comer algo y beber más agua que un elefante, fui a echarme otra vez a la cama. Pero Teresa ya estaba esperando.

Mi padre dormía la siesta a pierna suelta, estremeciendo las paredes con sus ronquidos. No habían hecho tan tarde ni habían vuelto tan borrachos como yo, pero a su edad, las juergas se pagan más caras.

— La bebé está dormida, y Nayara no para quieta. Llévatela a jugar al parque antes de que la despierte —me ordenó Teresa.

— No puedo. Estoy medio muerto.

— Llévate a tu hermana, Alberto. Hazlo por tu padre.

— Te digo que no puedo. No me tengo en pie —reiteré.

— ¡Y yo te digo que la bajes de una puta vez, niñato!

Esa última frase me dejó perplejo. Teresa no daba su brazo a torcer, y lo peor era que me coaccionaba con lo que más me dolía, mis hermanas pequeñas. Terca y con el mismo rictus de mal humor de la noche anterior, con continuas exigencias, dando órdenes, empeñada en salirse con la suya e imponerse.

Al mismo tiempo, y sin entender por qué motivo, tenía que reconocer que me gustaba que Teresa me prestase atención, que estuviera pendiente de si entraba o salía. Sentía una extraña y retorcida satisfacción por que una mujer tan atractiva me hubiese elegido como sirviente, y aún disfrutaba más con la posibilidad de contradecirla.

— Teresa, tengo mucha resaca, de verdad.

— También yo, y no soy tan joven.

— Pero te conservas la mar de bien, Teresa —argumenté a su favor, mirándola con buenos ojos.

— Uy, pero los años se notan. Qué te crees.

— Pues muchas chicas de mi edad te tienen envidia —confesé— Y mis amigos, ni te cuento…

— Anda, guapetón. Para dos meses que vas a pasar con tu hermana. Contigo se lo pasa genial —dijo ufana tras oír mi piropo— Venga, Alberto. Sé bueno.

Me descolocó que me hablara así, zalamera, coqueta, aduladora. Experimenté una confusa mezcla de sensaciones. Por una parte me irritaba profundamente tanta exigencia, pero por otra me ponía que me diese órdenes.

He de reconocer que estaba guapa hasta con aquel atuendo hogareño. Descalza, con un pantaloncito corto de estar por casa y una camiseta de tirantes sin nada debajo. Eché un descarado vistazo a sus tetas, esbocé una sonrisa al constatar el escandaloso relieve de sus pezones, entreteniéndome deliberadamente para que se diese cuenta de que si accedía a sus deseos, no era precisamente porque la considerase con autoridad sobre mí.

Luego, sin pensar lo que hacía, llevé mi mano a su rostro y le acaricié la mejilla con delicadeza.

— Y tú, ¿serás buena conmigo? —inquirí al tiempo que pasaba mi pulgar sobre sus labios carnosos.

Mi madrastra, pasmada, no atinó a decir palabra. Mi acción la había pillado por sorpresa, amansándola de repente. Lo cual aproveché para introducirle en la boca la punta de mi dedo.

— Chupa.

Fue algo mecánico, innato, genuino a su condición femenina, a esos impertérritos ojos azules que me miraban como hipnotizados. Succionó, hundiendo las mejillas, y comenzó a chupar cada vez más segura y consciente de lo que hacía.

— Empezamos a entendernos —señalé notando su lengua revolotear alrededor de mi pulgar.

Rocé entonces uno de sus pezones, después el otro. Y Teresa se puso a chupar como loca. Sus puntas se irguieron bajo la blusa como dos pitones y, sin pensármelo dos veces, dí al izquierdo un capirotazo que la hizo estremecer.

El estupor del golpe la dejó paralizada, chupando con fuerza. Y un segundo más tarde le saqué el dedo de la boca.

— Buena chica —sentencié tomándola de la barbilla como a una chiquilla, y cogiéndole la mano le hice palpar la contundencia de mi miembro. Y sin más salí de la cocina.

Llamé a Nayara y me la llevé a que jugara con otros niños. En el parque le di más vueltas a lo sucedido que mi hermana a los columpios: el abuso por parte de mi madrastra, la valiosa oportunidad perdida con la chica de mis sueños; los dildos de Teresa en el cajón; el inevitable mal humor que conlleva la resaca. Estuve conversando un buen rato por whatsapp, desahogándome con mis amigos, pero sin airear ninguno de los vicios de una mujer que, para bien o para mal, era la esposa de mi padre. Resultaba irónico no dejar de vigilar a mi querida hermanastra y, al mismo tiempo, pensar en lo divertida que debía ser su madre.

La semana siguiente transcurrió sin incidentes, lo cual carecía de sentido. No fue ya que esperase durante días una recompensa que nunca llegó a producirse, sino que era inaudito, inexplicable, que Teresa no hubiese hecho comentario alguno, ni público ni privado, sobre lo que alguien había hecho con sus bragas. Después de depositar mi esperma en ellas las había doblado meticulosamente para que, al ir a ponérselas, mi madrastra descubriese que un lacre blanquecino, distintivo, varonil, las había dejado completamente selladas. Y sin embargo no ocurrió nada en absoluto.

Seguí ocupándome de las pequeñas cuando se me requería, experimentando cierta inquietud cada vez que me cruzaba o hablaba cara a cara con Teresa. Todo fue bien hasta que una tarde quedé en casa con un amigo, para echar unas partidas a la play y merendar. Íbamos por el cuarto combate cuando llegó Teresa con las niñas. Nos saludó de forma seca, con gesto huraño. Luego se metió en la cocina, taconeando con fuerza. Y desde allí me llamó un minuto después.

— ¿Qué coño hace ése aquí? —preguntó cerrando la puerta tras de mí.

— Ése es el Pelusa, mi amigo de toda la vida —contesté sin entender, intuyendo que se avecinaba otra confrontación.

— Que se vaya —dijo en tono despectivo— No me gusta, parece un guarro.

— A pesar de su aspecto, está estudiando una ingeniería. Te lo juro. Es buen tío.

— Por mí como si es ministro. No quiero a ese piojoso cerca de las niñas —afirmó inflexible. Sácalo de mi casa.

La miré fijamente, ceñudo, y no me moví de donde estaba. Tampoco respondí de inmediato. Teresa prácticamente había escupido aquellas últimas cuatro palabras: “Sácalo de mi casa”. Por extraño que parezca, el desprecio de Teresa hacia mi mejor amigo me enfureció mucho más que su actitud despótica conmigo. Una cosa era jugar a dejarme mangonear, y otra muy distinta permitir que ella me dijera con quien podía o no estar. Yo tenía ya veinte años y sabía que debía el deber de colaborar y ayudar en casa, o el derecho a invitar a un amigo a merendar.

— No me sale de los cojones —rezongué sin alterarme, muy serio— Ésta casa es de mi padre, así que seguiré invitando a mis amigos —así se lo dije, con voz clara y firme a pesar de estar temblando de ira— Pero mira, me voy. Pero no porque tú lo digas, sino porque tengo ganas de darte un guantazo y creo que no voy a lograr contenerme.

Teresa me miró con los ojos abiertos como platos, sorprendida por mi arranque de rabia. No tuvo opción de responder pues salí inmediatamente de la cocina, aunque de todas formas se había quedado muda.

— Vámonos.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó el Pelusa, desconcertado al verme la cara.

— Nada, ya te contaré.

Pero no le dije la verdad. Había algo que me impedía injuriar a aquella mujer aunque lo mereciese. No entendía por qué, pero así era. Al Pelusa le conté que mis padres habían querido endosarme otra vez a las crías y que yo me había negado. Al igual que todos mis colegas, Pelusa idolatraba a mi madrastra como la maciza que era. El muy iluso, si se enterase de la opinión que ella tenía de él…

Creí que después de mi desplante recibiría una disculpa por parte de Teresa, pero nada más lejos de la realidad. Al contrario, se puso aún más arrogante, huraña y despótica. Por mi parte, aquel insólito y agrio arrebato de cólera me sirvió de desahogo. Más sereno y seguro de mí mismo, retorné a mi perfil bajo, tranquilo y falsamente dócil. Dejé de poner pegas, como si todo me diese igual, evitando el conflicto.

Súbitamente se instauró una calma tensa, una guerra fría, un equilibrio inestable entre mi madrastra y yo. Pero aquello no podía durar mucho. Ocurrió un día que le vi las tetas por accidente. Aunque la bebé ya comía potitos de frutas y demás, Teresa seguía dándole el pecho, sobre todo por la noche. Normalmente le daba de mamar en su dormitorio, discretamente y en silencio para que mi hermana se quedase dormida. Sin embargo, aquel día cuando salí de la ducha la puerta de su cuarto estaba abierta.

No pude evitar quedarme mirando la que sin duda era la escena más linda y entrañable que hubiese visto en mi vida. Teresa parecía una diosa, la madre naturaleza en carne y hueso, más poderosa y fascinante que nunca. Su blusa blanca, desabotonada, dejaba ver los generosos pechos que en ese mismo instante alimentaban a mi hermana.

Lady, la bebé, mamaba del pecho derecho, pero el otro lucía esplendoroso, grande, redondo y lleno, con el pezón muy oscuro y húmedo, revelando que había cambiado de pecho hacía poco. Y de pronto, inesperadamente, noté el tirón que dio mi miembro al tratar de empinar la toalla. Me quedé pasmado como un idiota, notando crecer mi polla, intentando entender por qué demonios estaba teniendo una erección. Y cuando caí en la cuenta de que no estaba solo fue demasiado tarde. Al levantar la vista vi que mi madrastra estaba boquiabierta, absorta, tan alucinada como yo.

— Alberto, por Dios… —dijo mirándome con asombro, puede que hasta un poco asustada.

— Lo siento… Perdón —musité, notando como me ruborizaba.

— Se lo contaré a tu padre.

— ¿Cómo? —dije sin comprender— ¿Pero si no he hecho nada?

— Me estabas mirando las tetas —me reprendió— Y tápate eso, por el amor de Dios.

— ¡Pero qué dices! Tú flipas, tía —estaba ofuscado, tapando mi bulto con ambas manos y sin entender nada.

Teresa continuó dando el pecho a la niña, mirándome entre ofendida y desafiante.

— ¡Pero deja de mirar, pervertido! —volvió a increparme. Ocultando, ahora sí, su pecho izquierdo— Ya creo que se lo diré.

— ¡Y yo qué culpa tengo si estás con las tetas al aire! —reaccioné al fin— Yo sí que voy a hablar con él. Le diré que dejas la puerta abierta para que te las vea.

— Pero es que nunca has visto unas tetas, o qué. Igual no. Igual eres maricón —se mofó con sorna— ¿Eres maricón, Alberto?

Aquello fue la gota que colmó el vaso. No contenta con aprovecharse de mi ingenuidad, ahora se burlaba de mí. Me entraron unas ganas tremendas de…

— No, no soy gay. Pero tengo un amigo que sí —dije para hacerle ver que ser homosexual no consistía un insulto para mí. Pero sí el tono de desprecio con que lo había dicho— No me vuelvas a hablar así —la amenacé sin alzar la voz.

Teresa se envaró. Aunque no llegó a decir nada, parecía a punto de explotar de rabia. Acto seguido, yo entré en mi habitación para no empeorar aún más las cosas, pero antes de cerrar de un portazo aún la escuché farfullar otros insultos que preferí no entender… Aquella hembra tenía carácter, pero yo también.

Aquel episodio me aturdió bastante. Por una parte, estaba muy cabreado. Yo no hice nada, pero mi madrastra no sólo me había echado la bronca, sino que encima me había insultado. Me rallé pensando qué hacer, si hablar con mi padre o no. Desde luego no me hacía ninguna gracia. No me apetecía contarle que había discutido con su esposa, y menos aún que el motivo había sido que ella se excusaba en la lactancia materna para estar con las tetas al aire como si nada. Tampoco me hacía gracia que me hubiese insultado, por decirlo de algún modo, porque lo de maricón me parecía una señal más de que mi madrastra era una mujer de las de antes, con un vocabulario desfasado, una antigua.

Por otra parte, estaba el asombro con que Teresa había contemplado mi incipiente erección. Intuía que se había quedado impresionada por el tamaño del bulto formado bajo la toalla, y era la primera vez que algo así ocurría, pues lo habitual era que esa mujer no parase de encontrar en mí defectos y faltas. Así pues, esa misma tarde tomé la decisión de tirar a la basura todos los calzoncillos que quedaban en mi mesilla. Donde las dan las toman. Si mi madrastra era una calientapollas, a partir de ese día iba a tener que acostumbrarse al efecto que sus escotes y sus prendas ceñidas tenían en mí.

De nuevo, nada pasó. Evidentemente mi madrastra descubrió el ardid, pero como lo hizo en presencia de mi padre, la turbación apenas duró unos segundos en su rostro. Se dispuso a fregar los cuatro platos y disimuló mejor que un jugador de póker, sonriendo con burlona indiferencia cada vez que me veía aparecer por la puerta cargado con cosas y una impresionante erección bajo los jeans. Incluso cuando, en un alarde de estupidez, me ceñí a su trasero al dejar el último par de tazas de café con leche en el fregadero, nada ocurrió. No hubo ninguna alusión ni reacción por su parte.

Igual que cada tarde de aquel tórrido final de julio, me llevé a Nayara al parque sin cuestionar las órdenes de la jefa. Luego cenamos tranquilamente. A continuación leí un rato y me fui a dormir. Fue entonces cuando me llevé la mayor sorpresa de mi corta vida, y el mejor regalo. Encima de la cama, colocada cuidadosamente en el centro, reposaba la fusta de Decathlon. La tomé en mis manos sin dar crédito, luego comprobé su flexibilidad y la blandí con fuerza. Me estremecí al oírla cortar el aire con un siseo terrorífico. Seguía sin estrenar, con la etiqueta sujeta al mango por un fino hilo de plástico.

Estaba meridianamente claro lo que aquello significaba, cual era el mensaje implícito de Teresa. No me tembló el pulso, no me lo pensé, y “¡Chas!”, arranqué la etiqueta de un tirón. Me excité como un animal. Ya no había lugar a duda, mi madrastra había visto las bragas y ahora estaba intentando decirme lo que esperaba de mí.

Sin embargo, Teresa no había sido del todo clara al respecto, porque bien podía querer que yo la castigara con unos cuantos golpes de fusta por su comportamiento injusto y prepotente conmigo, o bien todo lo contrario. Podía estar esperando a que yo le devolviese su fusta para luego marcar mi piel.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me quedé un rato dándole vueltas a cómo gestionar todo aquel embrollo. Me hubiera gustado hablar cara a cara con Teresa, pero ni sabía cómo hacerlo ni lo consideraba apropiado. Era una de esas situaciones en que un hombre debe jugársela, igual que al besar a una chica por primera vez.

Era día uno y por lo tanto inaugurábamos el mes de agosto. También estábamos a miércoles, de modo que mi padre ya se habría marchado a trabajar. No así mi madrastra, que ese día comenzaba su periodo de vacaciones. Nayara solía despertarse a media mañana, de forma que al bajar a la cocina me encontré a una radiante y hacendosa Teresa.

— Te estaba esperando para desayunar —dijo al tiempo que dejaba el cuchillo con que cortaba frutas para una macedonia y se limpiaba las manos en un paño de cocina.

Iba vestida de forma sencilla. Una bonita blusa de tirantes azul marino ensalzaba su fabuloso busto de una forma sublime, con estilo, al tiempo que ocultaba un amago de tripa consecuencia natural de los embarazos. Abajo, unos jeans ajustados moldeaban su trasero a la perfección y torneaban unas piernas fuertes y saludables. Por último, mi madrastra, coqueta como una adolescente, no renunciaba a calzar con tacones ni en su propia casa, como las sandalias de cuña que llevaba esa mañana y que dejaban a la vista sus uñas de colores.

Estaba inusualmente simpática, repentinamente dócil, casi servil. Me preguntó qué quería, de modo que le pedí con educación un café con leche y una tostada con aceite y sal. Yo estaba flipado con el cambio de actitud de aquella mujer. Con su sonrisa y su alegría de vivir. Se trataba de un cambio radical, una transformación total.

Me sirvió el desayuno con la diligencia de una camarera, atenta, inquieta, mirándome con coquetería. Extrañado de que no se sirviese nada habiendo dicho que me había esperado para desayunar, le pregunté si no pensaba tomar nada.

— No digas tonterías, Alberto. Claro que voy a desayunar —confirmó, al tiempo que posaba su mano sobre mi paquete— Precisamente había pensado comerme esto de aquí. Si a ti no te importa, claro.

Teresa localizó mi miembro al instante, mordiéndose el labio inferior con frenesí. Sus ojos azules saltaron de la creciente erección a mis ojos atónitos, y vuelta a un bulto que, bajo el hechizo de sus dedos, era visiblemente mayor que un momento antes.

— No te importa, ¿verdad?

El corazón me iba a mil por hora. Al inclinarse, los labios de mi madrastra estuvieron tan condenadamente cerca de los míos que los vi moverse a cámara lenta, soplando cada palabra en mi cara.

Moví la cabeza de lado a lado, negando de la única forma de que era capaz.

— Tendrás que estar atento a la escalera, no vaya a bajar Nayara.

A pesar de tener la boca abierta, era incapaz de pronunciar palabra. De modo que varié la dirección del balanceo de mi cabeza para responder que sí, que vigilaría que mi hermana no la sorprendiese haciendo conmigo lo que le diese la gana.

Se puso de rodillas. ¡Mi madrastra arrodillada ante mí! Lo estaba viendo con mis propios ojos y aún así no me lo podía creer. Era imposible. Tan imposible que llevé mi mano a su cara para comprobar que no estaba soñando, y entonces sus labios se abalanzaron y atraparon mi pulgar, chupándolo con lascivia.

Teresa me fue soltando los botones del pantalón, y cuando ya creía que iba a extraer mi miembro, mi madrastra se quitó una goma del pelo que llevaba en la muñeca y sujetó su melena rubia con ella.

Estaba emocionada, contenta, excitada, y al ver saltar mi miembro fuera del pantalón, al contemplarlo erguirse en vertical ante sí, la expresión de la esposa de mi padre demudó al asombro absoluto, a la admiración, y luego al deseo, a la lujuria, y finalmente la felicidad volvió a relucir en el brillo de sus pupilas.

— Joder, Alberto… —dijo como hipnotizada.

Teresa la sujetó con ambas manos, pero mi glande aún sobresalía por encima de sus puños. Entonces le entró una risita nerviosa, como trastornada, y de pronto se adelantó y sus labios se ciñeron en torno a la porción libre. Me succionó el glande con tal furor que pensé que me lo sacaría de raíz. Y entonces abrió los ojos. Me miró con cara de loca, y sentí sus dientes apretar, y miedo. Por eso lo hice.

Fue instintivo, en defensa propia. La agarré del pelo y tiré obligándola a echar la cabeza hacia atrás. Por suerte, el dolor hizo que abriese la boca en un grito que no llegó a emerger de su garganta. Sus fulgurantes ojos azules me miraron intensamente, con rencor y fiereza.

— Como vuelvas a hacerme daño, subiremos a mi habitación y probarás la fusta. ¿Has entendido?

Mi preciosa madrastra, llena de ira, respiraba hondo, haciendo que su busto se alzase de forma ostentosa. Continuaba sujetando mi miembro de forma posesiva, pero yo la cogí de la muñeca y, a la voz de “suelta”, liberó su presa.

Empleé los siguientes minutos en dictarle como debía chuparme la polla. En primer lugar le indiqué que la rozase arriba y abajo con aquellos morritos de niña enojada que estaba poniendo. Lo hizo de forma demasiado impetuosa y tuve que reprenderla, decirle que se tranquilizara, que todo iría bien si era buena chica.

Yo no tenía ni idea de cuánto había pagado para que le infiltrasen ácido hialurónico, pero la visión de aquellos labios llenos, subiendo y bajando a lo largo de mi falo, me hizo bendecir a su cirujano de confianza por tan sensual resultado.

— Ahora con la lengua —la insté— Y mírame a los ojos.

Teresa recorrió los senderos de las numerosas venas dibujadas sobre la superficie de mi verga. Lamió meticulosamente, dejándola reluciente por los cuatro costados. Y luego empezó a jugar con su saliva, tejiendo hilos translúcidos cada vez más largos desde mi piel hasta su boca, como una araña.

Se me estaba enfriando el café, de manera que le añadí azúcar y lo removí. Teresa me estaba haciendo una excelente mamada, un poco burda quizá, pero encomiable en cualquier caso tratándose de una señora de cuarenta y cinco años, casada y madre de dos niñas preciosas.

Tomé la taza y di un sorbo.

— Ummm —en verdad estaba delicioso— Es el mejor café que he probado en mi vida.

— Gracias —respondió sacándose el enorme caramelo en la boca— Esto tampoco está nada mal —se burló, dándose unos golpecitos sobre la lengua— No, en serio. ¿Tú estás seguro de que Alfonso es tu padre?

Sé que no estuvo bien, pero no pude contener una taimada sonrisa al leer entrelineas aquel malicioso comentario. Ella rió abiertamente, y luego retomó la faena donde la había dejado, con un contundente y tosco cabeceo que ya no pretendía otra cosa que hacerme perder el control y, con él, todo mi semen.

¡Chups! ¡Chups! ¡Chups! ¡Chups!

Me terminé el café de un trago, pues comenzaba a notar en los huevos ese familiar cosquilleo que precede a la eyaculación. Caí en la cuenta de que mi madrastra empleaba ahora una sola mano para sujetar mi miembro, y entonces descubrí que se estaba masturbando. Con una mano dentro de sus jeans, sacudía la pelvis con el mismo tesón que me succionaba la polla.

Pensé qué podía hacer para ayudarla, y en seguida deslicé uno de los tirantes de su blusa, luego el otro. Desnudé sus senos, pues no había más. Eran grandes como cocos, hermosos, pálidos como la leche que los henchía, o como ésa otra que iba a llenarla la boca de un momento a otro. Y entonces caí en la cuenta de que también yo la estaba dando de mamar, poniendo en práctica otro tipo de lactancia materna.

Mi amada madrastra se crispó súbitamente, apretó las piernas, y tembló de pies a cabeza al ser aniquilada por el potente clímax que implosionó en su coño. Tomé entonces sus pesados pechos, los amasé con delicadeza, y los dejé escurrirse entre mis dedos hasta atrapar aquellos pezones de madre, grandes y morenos.

Teresa abrió desmesuradamente los ojos, con estupor y asombro, por dos motivos distintos aunque relacionados entre sí. El primero, el tirón que di a sus pezones hacia arriba, alzando sus pechos en vilo; y el segundo, el tremendo chorreón de semen que golpeó su paladar y le inundó en un instante toda la boca. Fue alucinante verla retorcerse de placer; atragantarse; sofocarse; toser; tragar; mojar la entrepierna de sus jeans; volver a tragar; agitar los brazos en el aire con desesperación, sin saber qué hacer; tragar nuevamente; paralizada, incrédula, subyugada por la monumental corrida de un muchacho de diecinueve años….

Una vez hube acabado, me puse de pie. Desde arriba, mientras devolvía mi miembro al interior de mis pantalones, estudié a Teresa con detenimiento. Seguía recostada en el suelo, derrengada, sin resuello, con cara de no poder creer lo que había pasado. Si había terminado así con una simple mamada, no alcanzaba a imaginar qué ocurriría el día que la follase de verdad.

Antes de marcharme, me puse un momento en cuclillas, cerca de ella. Mi madrastra sintió temor y desconfianza al verme tan cerca. La acaricié una mejilla con ternura, la sien, la oreja, el cabello… A pesar de los años seguía siendo increíblemente bella, sus facciones conservaban gran parte de una sensualidad exótica y salvaje.

— Nunca había desayunado tan bien —reconocí.

CONTINUARÁ el próximo sábado con “Yo mimo a mi madrastra”.

REFERENCIAS:

“Mi madrastra, la más puta de las señoras”, de Odual.

Patricia Rhomberg en el film “Josefine Mutzenbacher” (1976).

Luna Roulette en Porn Hub Community.

“Historias de mujeres casadas”, de Cristina Campos.

“La red purpura”, de Carmen Mola.

“El valle de los caballos”, de Jean Auel.

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