Me llamo Laura, tengo 45 años y llevo diez años con Wilson: cinco de novios y cinco de casados. Nuestra relación siempre ha sido estable, cariñosa y, en la cama, bastante convencional. El sexo es bueno, frecuente, pero nunca ha explorado territorios más oscuros o intensos. Yo, sin embargo, guardo desde hace años una fantasía que no he podido sacarme de la cabeza: el sexo anal.