El living de la casa de Macarena y Edgardo olía a asado frío y a vino tinto barato. Eran casi las cinco de la tarde de un sábado de otoño en el conurbano, y la reunión que Macarena había olvidado por completo estaba en pleno desarrollo. Había llegado primero Laura, su amiga de toda la vida, con el marido, el Flaco, que ya venía con tres birras de más. Después aparecieron el Chino y Vero, y más tarde Mariana con su novio nuevo, un tipo callado que nadie conocía bien. Todos estaban instalados en el sillón grande y en las sillas del comedor, charlando, riendo, pasando el picoteo que Edgardo había comprado a las apuradas.