Todo empezó en aquel hotel de la costa, durante unas supuestas vacaciones que yo mismo había insistido en reservar. Me llamo Carlos, tengo cuarenta y cuatro años, y mi mujer, Teresa, treinta y nueve. Llevábamos diecisiete años casados y dos hijos que, por suerte, esa semana se habían quedado con los abuelos. Yo necesitaba desconectar. Teresa… ella simplemente accedió, como siempre, con esa sonrisa tranquila y ese cuerpo que parecía hecho para volver locos a los hombres.