Mi esposa sin tanga

Influyó mucho que estábamos de vacaciones. También nuestras ganas de hacer algo distinto.

Alejandra sabía hacía tiempo de esa fantasía reiteradamente relatada por Gastón. Entre una mezcla de nervios y empodere ella le regalo el sí como si el juez los uniera en un juego sin invitados.

Alejandra qué llevaba muy bien sus 45 años. Sus curvas hacían temblar los platos de las bandejas de los mozos.

Él quería saber hasta qué punto podía ser admirada y deseada por otros hombres. Antes de ir al boliche, pensaron cada detalle. El eligió el vestido ella los tacones de terciopelo rojo que usó solo en un casamiento. Se puso un vestido negro ajustado al cuerpo y muy corto. Su belleza estaba exacerbada por la travesura qué harían. Ropa interior no llevaba, ni sostén. Sus senos se veían deliciosos como naranjas de ombligo. Esas en las que se invirtieron 2550 dólares. Su tanga guardada en el bolsillo del excitado marido.

Llegaron al restaurante caminando, ella era la reina de la noche, el extasiado viendo su determinación y su belleza.

En el acceso Alejandra se inclinó un poquito en la boletería y enloqueció al guardia de seguridad.

Quedó a la vista del borde de sus nalgas sin marca del pequeño grosor de una bombacha. Para ella era muy excitante sentir el aire fresco que le recorría su clítoris qué crecía por la caricia escondida que Gastón le dio presionando el vestido. El guardia miró hacia arriba mientras ella subía las escaleras con el tic toc de sus tacones rojos. Gastón sabía que los pies de Ale estaban sufriendo pero que la fantasía les preparaba la cama del mejor motel qué esa noche ambos merecían.

Deja un comentario