Sexo con la proveedora madurita

Hola que tal, les dejo este otro relato.

En la ciudad de Monterrey, allá iniciando el año 2019 decidí cambiarme de trabajo, donde estaba ya se me hacía aburrido así que busqué algo diferente.

Fue donde conocí a Marcela, una proveedora de este nuevo trabajo.

Debo aclarar que en esos momentos yo me encontraba soltero.

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Una esposa muy puta

Mi nombre es Karen, mujer casada de 39 años, blanquita, alta y de cuerpo ejercitado, mis pechos crecieron desde que tuve a mis hijas, por lo que hacen un muy buen juego con mis pompis.

Vivo en una pequeña zona residencial de mi ciudad y pasó la mayor parte del día sola, o con mis hijas ya que mi marido se la pasa trabajando.

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Descubriendo lo puta que es mi esposa

—¿Me dejas bailar con Sofía? —me preguntó.

Miré a mi mujer y le dije que sí; yo ya estaba agotado y ella quería seguir. De pronto, soltaron un reguetón bien sucio. Me quedé sentado viendo cómo ese tipo se le pegaba. Diego empezó a restregarle todo el paquete en el trasero a mi esposa y ella, en vez de alejarse, se lo restregaba con más ganas. Con las luces de discoteca no distinguía bien, pero juraría que el tipo le estaba apretando una teta mientras perreaban.

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Mi esposa desatada

Mi mujer siempre llamo la atención de otros hombres debido a sus atributos y su belleza. Tiene el pelo moreno liso y una cara risueña. Su piel es morena en todo su cuerpo (hace nudismo) y a sus 40 años se mantiene muy bien. Sus pechos son firmes y redonditos (mi foto de perfil) con una aureola tono marrón y sus pezones rosados. Lo que más llama la atención es su culo. Redondito, con nalgas carnosas, con curvatura hacia atrás y se contonea muy sensual cuando ella camina.

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El taxista de mi cuñada

Hace tres meses me quedé sin trabajo, traté de conseguir algo de mi profesión, pero pasó el tiempo y nada, así que como tenía mi auto decidí trabajar como taxista en una plataforma. Ya llevo dos meses como taxista. La primera semana no me fue muy bien, así que entre los conocidos y familiares les comenté que si querían un taxi me podían llamar. Fue así que hace un mes mi cuñada me pidió que la llevara al trabajo en las mañanas y la trajera de vuelta en las tardes.

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Trío en la oficina de Madrid

Visi se abrió la blusa y yo metí la mano. Acaricié los pezones calientes y duros y le apreté las mamás; ella se quitó la blusa y se tumbó en la mesa del despacho. Le besé aquellas puntas redondas y enhiestas, famélicas y le magreé las dos grandes tetas a la vez. Ella hizo algo inesperado: se las recogió con las manos como dos cucharas y las llevó hacia su rostro, inclinó la cabeza y sacó su lengua rosadita y comenzó a lamer las cerezas oscuras de los senos. Eso ya me hizo trempar del todo.

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