Noche de año nuevo enfundado

La habitación se encontraba envuelta en una penumbra seductora, iluminada solo por el resplandor intermitente de las luces de la ciudad que se filtraban a través de las cortinas pesadas. El aire olía a cuero pulido y a un sutil aroma de vainilla de las velas que ardían en las mesitas de noche, la cama, amplia y cubierta con sábanas de látex negro que brillaban bajo la tenue luz, era el centro de aquel santuario privado.

Sobre la litera, una mujer se arrodillaba con gracia felina, su cuerpo se encontraba enfundado en un traje de látex negro que se adhería a cada curva como una segunda piel. El material reluciente capturaba los reflejos de la habitación, sus guantes integrales se extendían hasta los hombros, y los pies cubiertos con largos y gruesos calcetines de látex que moldeaban sus piernas en líneas perfectas, terminando en pies enfundados que rozaban las sábanas. Su cabeza toda cubierta por una capucha de látex que dejaba adivinar un espacio para los ojos, nariz y boca, que contrastaban con el negro absoluto del traje.

En su mano izquierda, sostenía una bola de cuero negro, un gag que pendía como una promesa, mientras su postura —de rodillas, con la espalda arqueada y el trasero elevado— invitaba a la devoción.

Frente a ella, en el borde de la cama, estaba un hombre, igualmente enfundado, su compañero en esta danza de sensaciones prohibidas. Él también estaba encapsulado en un traje similar, un catsuit de látex que cubría cada centímetro de su piel, desde el cuello alto hasta los dedos de los pies, su cabeza tambien toda cubierta por una capucha, con espacio para la visión y respiración. El material crujía suavemente con cada movimiento, un sonido que enviaba ondas de placer a través de sus nervios. Su traje tenía un diseño masculino, con costuras reforzadas y un cierre en la entrepierna que permanecía tentadoramente abierto, revelando solo lo necesario para la noche que se avecinaba. Sus guantes brillaban al acariciar el látex de la mujer y su máscara parcial dejaba visibles sus ojos, ardientes de deseo.

Era la víspera de Año Nuevo, y el reloj en la pared marcaba las 11:45 PM. Afuera, la ciudad bullía con fuegos artificiales lejanos y el eco de las celebraciones, pero aquí, en su mundo encapsulado, el tiempo se medía en latidos acelerados y respiraciones entrecortadas. La mujer sintió el roce de las manos del hombre en su espalda, él se aseguraba el traje estuviera bien cerrado y se encontraran debidamente enfundados, la sensación del látex era abrigador y para ambos era puro éxtasis. “Siente cómo te envuelve”, murmuró él, su voz amortiguada por el material que cubría su cuello. “Como si el año viejo te apretara una última vez antes de liberarte”.

Ella gimió suavemente, el sonido reverberando en la habitación. Los trajes eran implacables, eran impermeables al sudor que ya perlaba su piel debajo, convirtiendo cada movimiento en una fricción deliciosa, el hombre se posicionó detrás de ella, su propio traje crujiendo al alinearse con su postura. Sus manos enguantadas exploraron las curvas de la mujer, trazando las costuras que descendían por su trasero, donde el látex se tensaba al máximo, delineando cada contorno con precisión erótica. A las 11:50, el juego se intensificó.

La hembra tomó la bola de cuero y la colocó entre sus labios, mordiéndola con fuerza mientras el macho la ataba en su lugar. El gag amortiguaba sus gemidos, pero no su excitación. Él, a su vez, se ajustó una correa similar alrededor de la cabeza, sincronizando sus restricciones. Sus cuerpos, enfundados en látex negro reluciente, se movían en un ritmo hipnótico, la tomó apasionadamente presionando contra ella, el material deslizándose y adhiriéndose con cada embestida.

El látex de la cama se arrugaba bajo sus rodillas, y el aire se cargaba con el olor a goma calentada por el calor corporal. Cada fricción enviaba ondas de placer, el látex apretando sus pezones endurecidos, el corsé limitando su respiración, convirtiendo cada inhalación en un acto de sumisión voluntaria.

A las 11:55, el clímax se acercaba como el conteo regresivo en la plaza lejana. El hombre aceleró, sus manos aferradas a las caderas de la mujer, el látex de sus guantes fusionándose con el de su traje en un abrazo inquebrantable. Ella se arqueaba más, empujando contra él, sintiendo cómo el material amplificaba cada sensación. Amaba el roce interno, el calor atrapado, la tensión que crecía como una burbuja a punto de estallar. “Juntos”, jadeó a través de la capucha, “al llegar el nuevo año”.

El reloj tic-tacaba implacable, y afuera se lograba sentir el rumor de gente que empezaba a celebrar el fin de año. A las 11:59, sus movimientos se volvieron frenéticos. El látex crujía como un himno, sus cuerpos sincronizados en una unión perfecta. La mujer sentía el pulso del hombre dentro de ella, amplificado por el encierro del material, mientras su propio placer se acumulaba en oleadas. El mundo exterior se desvanecía; solo existían ellos, encapsulados en su fetiche, el traje como una barrera que intensificaba todo lo que tocaba.

Y entonces, a medianoche exacta, el reloj dio las doce campanadas. Los fuegos artificiales estallaron en un crescendo, y con ellos, los amantes gomosos alcanzaron el orgasmo simultáneo. Un gemido ahogado escapó de sus capuchas, sus cuerpos temblando en éxtasis unificado. El látex vibraba con sus convulsiones, apretando y liberando en ondas perfectas. Oleadas de placer los recorrieron, sincronizadas con los estruendos del nuevo año, por medio de un espacio de la ventana, se podía adivinar, fuegos artificiales que iluminaban el cielo en destellos, tiñendo sus trajes de azules y rojos efímeros.

Los amantes colapsaron sobre la cama, aún enfundados, el material reluciente ahora marcado por el sudor invisible debajo, un testimonio de su liberación compartida. Mientras la ciudad celebraba, ellos yacían en silencio, envueltos en su mundo de látex y deseo, listos para lo que el nuevo año trajera.

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