Mi cuñada me enloquece

Mi hermano siempre fue un problema. Desde chico se metía en líos, ya sea peleándose con compañeros de la escuela, o mandándose alguna travesura en casa. Más de una vez terminé castigado por su culpa, y otras tantas lo salvé de alguna paliza de mis viejos. Yo era el hermano mayor, y a pesar de que a veces me daban ganas de matarlo, a la larga, despertaba en mí un sentimiento de protección fraternal.

Sólo le llevo dos años, pero siempre fui el grande, y él siempre sería el chiquito. Incluso ahora, que ya contamos con veinticinco y veintisiete años, al verlo, no dejo de mirar a un niño. Por eso, cuando fue a mi casa a pedirme un lugar para vivir por un tiempo, supuestamente corto, no pude negarme.

Marcelo (así se llama mi hermano) tiene un carácter problemático que le impide conservar los trabajos por más de dos o tres meses. Por otra parte, si bien no llega a ser alcohólico, se da a la bebida con bastante soltura, y esto lo hace hablar más de la cuenta, y lo hace dormir hasta altas horas de la mañana, lo que le dificulta mucho ser puntual en sus obligaciones.

—Apenas consiga algo fijo, busco un alquiler barato y me voy. —Me dijo con los ojos bien abiertos, mirándome fijo, como queriendo ocultar la mentira que escondían sus palabras.

Ambos sabíamos que incluso si consiguiese trabajo, debería trabajar varios meses para pagar el adelanto del alquiler, y también sabíamos que lo más probable era que no durase en el hipotético trabajo el tiempo suficiente como para juntar el dinero. Aun así, no pude negarme.

—Dale, quedate el tiempo que necesites. —Le dije, dándole un abrazo protector, ese abrazo que papá jamás fue capaz de darle.

Al otro día llegó con un auto viejo y muy deteriorado, que a simple vista uno creería incapaz de andar. Lo ayudé a entrar las cajas con su ropa y algunos electrodomésticos.

—Mañana me traen los muebles. —Dijo.

—No te preocupes, en el cuarto vacío hay una cama con un colchón bastante cómodo. Usá esa, traqui. Mañana vemos dónde ponemos los muebles.

—Igual no son muchos.

No quería molestarlo, así que no le pregunté dónde había estado viviendo, ni porqué se había quedado sin casa. Hace más de un año que no lo veía y estaba contento de tenerlo en casa.

—Mañana te hago un juego de llaves. ¿Pedimos algo para comer? —propuse, viendo que afuera ya estaba todo oscuro.

—Si querés hago algo a la parrilla. —Ofreció.

—No te preocupes, hoy relájate, hay que festejar.

—Es linda tu casa. —susurró, como admirado y avergonzado a la vez, una vez que sólo quedaban dos porciones de pizzas en la caja y que la segunda botella de cerveza estaba por la mitad.

Lo cierto es que mi casa no tiene nada de especial. Una construcción simple, un rectángulo dividido en varios rectángulos que forman los espacios de la casa. Un patio pequeño, una fachada simple y poco original, y en su interior muebles poco memorables, una iluminación débil, debido a los altos costes de la electricidad, y sobre todo, una ausencia de toque femenino, y una carencia de vida animal, ya que siempre me rehusé a llenar el vacío con una mascota.

Aun así, me daba cuenta que para alguien como Marcelo, que seguramente pasaba por privaciones, eso era todo un lujo. Más aun teniendo en cuenta que la casa no era alquilada, sino que era de mi propiedad.

El timbre sonó a las once de la noche, cuando estábamos frente al televisor mirando como Sol Pérez movía el culo en la pista de “Bailando por un sueño”. Me sorprendió escucharlo, porque no suelo recibir a nadie a esas horas, y mucho menos sin previo aviso. Miré a Marcelo, y él esbozó una sonrisa culposa.

—¿Esperás a alguien? —Le pregunté, entre sorprendido y molesto.

—A una chica. —dijo él. Agrandando su sonrisa.— ¿Se puede quedar esta noche?

—¿Y por qué no me dijiste antes? —Pregunté indignado. Él sólo se rascaba la cabeza, como esperando a que yo retire esa pregunta tan difícil de contestar.— Dale, andá a abrirle. No la dejes esperando afuera. —contesté, pensando que la pobre chica no tenía la culpa de lo que hacía el atolondrado de mi hermano.

Entró una mujer extremadamente joven. De baja estatura, con la piel marrón y cara de nena asustada. Tenía el pelo ondulado recogido, y entre su labio superior y su diminuta nariz, había un lunar que le daba una sensualidad irresistible a su rostro de belleza singular, a la vez que contrastaba con las facciones aniñadas en las que uno reparaba en un primer vistazo. Se presentó como Mariel. La saludé con un beso, apoyando mi mano en su cintura de avispa.

—¿Querés comer algo? —ofrecí, señalando las dos porciones de pizza que todavía estaban sobre la mesa.

—No, gracias, ya comí. –contestó.

Marcelo la agarró de la cintura y se la llevó a su cuarto. Mariel tenía el cuerpo chiquito, pero voluptuoso, de trasero montañoso y profundo, y caderas sinuosas, un cuerpo que inevitablemente la haría transitar por una vida salvaje y promiscua. Marcelo le pellizcó el culo mientras se perdía en la oscuridad del pasillo.

Me preguntaba quién era esa Mariel. ¿Sería una prostituta? Lo dudaba. Marcelo era un perdedor en la mayoría de los aspectos de la vida, pero con las mujeres siempre fue un ganador, en verdad no era raro que una chica tan llamativamente linda se fijara en él. Otra cosa que me intrigaba era su edad. Si esa chica era mayor de edad, lo sería desde hace muy poco. Supuse que tenía dieciocho o diecinueve años, aunque bien podría ser algo menor. Esperaba que mi hermano no estuviese haciendo nada ilegal.

Enseguida me llegaron los ruidos de los resortes del colchón rechinando, seguidos de los gemidos de Mariel. Me preguntaba si era una descarada, o simplemente no podía reprimir esos gemidos. De todas formas, no me molestó ni mucho menos, enseguida fui a mi cuarto y apacigüé a mi monstruo con mi amiga manuela.

Al otro día desayunamos los tres. Pero Mariel se fue enseguida a su casa. Fiel a mi actitud no entrometida, no pregunté de dónde había sacado a ese demonio disfrazado de adolescente. Sin embargo, él me lo contó.

—Es mi mujer. —dijo.

Me sorprendió la palabra “mujer”. Ni novia, ni amante. Mujer.

Inmediatamente comencé a cuestionarme la lujuria que había generado en mí esa chiquita. Ya no era la chica ligera con la que Marcelo se había acostado la noche anterior. No era una hembrita cualquiera que había calentado su cama, y quien sabe, la de algunos más. No. Era su “mujer” y eso lo cambiaba todo. Ya no podría darme el lujo de deleitarme con su culo generoso, ni perderme en la belleza sensual de su rostro inmaduro. Maldije a mi hermano en silencio. Si me lo hubiese advertido antes, me hubiese inventado una coraza que me protegería de la lujuria. Pero ahora ya era tarde. En fin. Debía conformarme, y guardarme la calentura para otras mujeres. Y para colmo no estaba con ninguna desde hace más de tres meses.

—Está peleada con sus viejos. —Dijo Marcelo, sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Qué?

—Está peleada con sus viejos. —repitió.

Pero no era que no lo había entendido, sino que lo había comprendido a la perfección.

—Así que querés traerla a vivir acá. —dije, adelantándome.

—Sólo unos días. Hasta que consiga dónde quedarse.

—Vos sabés que esos días se van a transformar en semanas.

—No tiene dónde quedarse. —dijo, ignorando mis palabras. Luego levantó la mirada con un gesto que parecía indicar que había hecho un gran descubrimiento.— Mirá, ella te puede limpiar la casa, y lavar la ropa. Y hasta cocinar.

La idea no me desagradó del todo. No me gustaba nada hacer esas cosas, y no estaría mal que alguien me ayude. Sin embargo, tener a dos personas desempleadas en mi casa iba a ser sumamente costoso. Y también estaba ese otro problema: La chica era muy linda. Iba a ser muy incómodo tener a ese bombón merodeando por la casa.

–¿Cuántos años tiene? —pregunté.

—Dieciocho.

—Es muy chica para vos, además, ¿de verdad tiene dieciocho? No quiero tener quilombos legales.

Marcelo se levantó de la mesa y se fue a su cuarto. Salió enseguida y tiró un plástico rectangular sobre la mesa.

Lo tomé, y vi la foto de Mariel en él. El documento demostraba que era mayor de edad desde hace apenas dos meses.

—Igual es una nena para vos.

—Esa nena coge mejor que muchas mujeres. Es chiquita pero tiene mucha experiencia.

Todas las señales me indicaban que vivir con mi hermano y mi cuñadita me iba a traer problemas, pero no podía decirle que no a Marcelo. Además, yo debería ser capaz de controlar mi lujuria, y aunque cayese en la tentación, nada me aseguraba que ella también estaría interesada. Mariel tenía pinta de loba disfrazada de cordero, pero probablemente me equivocaba. Al menos eso esperaba.

Fui a la oficina y no volví hasta las seis de la tarde. Al llegar a casa encontré a Mariel acurrucada en un sillón de la sala de estar. Se levantó como con vergüenza.

—No me molesta que te pongas cómoda. —le dije, para que se tranquilice.

—A la mañana barrí, y pasé el trapo, pero me tenés que enseñar a usar el lavarropas porque no sé usarlo. —dijo, todavía a la defensiva.

No era más que una nena que nunca había lavado en su vida. Además, en su manera de hablar, noté que no era una chica cualquiera del conurbano. Tenía ese acento afrancesado de los barrios más pudientes de Capital. Reparé en su ropa. Un pantalón de corderoy negro muy ceñido, y un pulóver bordó. Esas ropas, aparentemente simples, eran de buena calidad, y no las había comprado en una feria. Entonces se trataba de una cajetilla, una cheta, una pija, una nariz parada… Era una chica bien en busca de aventuras, una nena reprimida por un montón de mandatos familiares que decidió irse con un vago, siete años mayor que ella, para saber lo que era la vida. Miré sus manos. Manos delicadas y suaves, de uñas prolijamente pintadas, y perfectamente cortadas. Tenía una mirada blanda con la que me observaba con cierto temor, pero también con curiosidad.

—Quedate tranquila. Mi hermano me dijo que me ibas a ayudar con las cosas de la casa, pero tampoco te vas a convertir en mi sirvienta.

—No me molestaría lavarte la ropa.

—Pero si ni siquiera te debés lavar la bombacha. —dije, algo irritado por su obsecuencia. Ella agachó la cabeza y se puso colorada— Perdón, sonó mal así. Lo que quiero decir es que ni siquiera debés lavarte tu propia ropa.

—Ahora tengo que hacerlo. —Dijo, con un hilo de voz.

—¿Y tus papás saben que estás acá?

—Saben que estoy con Marcelo. —Dijo, evasivamente.

—Bueno, lo más pronto posible les pasás la dirección y el teléfono. Seguro están preocupados por vos. No es bueno hacer sufrir a los padres. —Ella me miró asombrada.— Y no te preocupes por la ropa. Después te enseño a usar el lavarropas, es de lo más fácil. Y no hace falta que laves mi ropa ni que cocines. Conque ayudes a mantener limpia la casa es más que suficiente.

—Gracias. Marce me dijo que eras un pan de dios, y ahora veo que tiene razón.

—No creo que Marcelo haya usado esa expresión.

—Bueno, dijo que eras una masa. —dijo Mariel, riendo.

—Hablando de Marcelo ¿Dónde está?

—Fue a una entrevista de trabajo.

—¿A las seis de la tarde?

—Eso fue lo que me dijo. —dijo ella, y su rostro se ensombreció.

—Bueno, seguro debe estar viniendo. Voy a bañarme.

Transcurrieron semanas mucho más apacibles de lo que imaginé. Al llegar a la tarde, siempre encontraba todo limpio y ordenado. Marcelo solía estar mirando la televisión mientras Mariel terminaba de limpiar la casa. A la noche comíamos juntos. Marcelo cocinaba muy bien, aunque era bastante repetitivo con los platos que hacía, por lo que día por medio pedíamos delivery. Los fines de semana solían salir para ver a conocidos de ambos, o ella iba a visitar a sus padres, quienes de a poco empezaban a aceptar su relación con mi hermano. Yo sospechaba que también solían ausentarse esos días para dejarme la casa sola y permitir que conserve mi intimidad.

Todo era mejor de lo que esperaba, y fue mejor aun cuando, a la tercera semana de estadía en mi casa, Marcelo consiguió trabajo en una empresa de seguridad. Estaba claro que tardaría unos cuantos meses hasta que esto se traduzca en la mudanza de ellos, y eso, si mi hermano sabía conservar el trabajo, pero aun así era una excelente noticia y el ánimo de todos, se levantó aún más.

Eran pocas las cosas negativas en esas semanas. A veces ellos solían discutir por cosas insignificantes, y cuando volvía cansado del trabajo, eso podía ser muy irritante. Por otra parte, los gemidos nocturnos de Mariel, cuando copulaba con mi hermano, me hacían poner cada vez más incómodo, ya que al otro día me la encontraba en la casa, y no podía evitar imaginármela desnuda, gozando, pero esta vez con mi sexo. Trataba de sacarme esas fantasías de mi cabeza, y me decía que mientras se guarden en mi imaginación, la cosa no era tan mala. Por otra parte, Mariel, que siempre era tan ordenada y pulcra, a veces, luego de bañarse, olvidaba su bombacha en la bacha del baño, y yo me veía obligado a fantasear con ella mientras me estaba bañando. Más de una vez me la crucé en la madrugada, después de haber echado un meo, y ella se dirigía al baño con una remera que le cubría la mitad de la nalga, mientras que de cintura para abajo solo vestía una tanguita. Si hubiese sido mal pensado, diría que me estaba provocando.

Mariel era una chica acostumbrada a hacer lo necesario para no causarle molestias a nadie. Y más allá de los detalles anteriormente descritos, era sumamente condescendiente. Siempre hacía lo que se le pedía, y a veces trataba de adelantarse a los deseos del otro y actuaba en consecuencia. Había reparado en que me gustaba ver determinados programas de televisión, y ella enseguida los hizo sus favoritos, por lo que cuando estábamos solos, no había discusión al respecto. Sabía qué sabores de pizza y empanadas me gustaban, por lo que cuando había que pedir delivery no hacía falta que me pregunte. Había aprendido a lavar la ropa, y aunque yo le había dicho que no era necesario, había percibido que detestaba realizar las tareas domésticas, por lo que lavaba mi ropa junto con la de ellos, sin que se lo pida. Era una buena chica, y cuando mi hermano comenzó a trabajar, pasamos más tiempo juntos. Tiempo peligrosamente agradable.

Yo había empezado a salir con una chica, pero enseguida me dejó, alegando que mi cabeza estaba en otra parte, que mi corazón no estaba con ella, y que mi sexo ansiaba otras hendiduras.

No sufrí mucho por eso, y no pude más que aceptar que tenía razón. Mariel rondaba mi casa con sus pantalones ajustados, su cara de facciones hermosas, adornada con el lunar sexy, y su mirada inocente. Y de a poco, eso se convertía en mi mundo. Me gustaba mirarla, sentir su perfume, escuchar sus pasos por los pasillos oscuros de mi casa, que hace mil años era tan solitaria. Me gustaba sentir su cuerpo a mi lado, calentando el lado izquierdo del sofá, mientras mirábamos un programa que ambos disfrutábamos. Me agradaban sus frases simples pero certeras, su sonrisa blanca, su expresión soñadora.

El comienzo del deterioro de la relación entre mi hermano y Mariel no hizo más que alimentar mis fantasías traicioneras.

Marcelo comenzó a trabajar de noche. Mariel intentó adaptarse a los horarios de él, consiguiéndolo sólo a medias. Se quedaba hasta la madrugada conversando con él por teléfono, para hacerle compañía en sus aburridas guardias nocturnas. Luego se despertaba a las siete de la mañana, cuando él llegaba, para satisfacer sus necesidades carnales. En principio todo iba bien, pero Mariel comenzó a sospechar que él podría estar haciendo algo a sus espaldas. Nunca me lo dijo, pero se la notaba recelosa, y cuando hablaba por teléfono con Marcelo, le hacía mil preguntas intentando sacarle verde por maduro. Por su parte, mi hermano, a veces llegaba a casa en horarios intempestivos, aduciendo que le habían cambiado el horario en el último momento, o que debió quedarse más horas de lo esperado, debido a la ausencia de su compañero, a lo que Mariel respondía astutamente que qué bueno que al sueldo se le iba a sumar tantas horas extras, dejando en claro que, llegado el momento, iba a saber si mi hermano le mentía o no.

No era más que una discusión normal en una pareja joven, pero mi lujuria parecía querer desencadenarse cada vez que imaginaba que mi hermano dejaba en libertad a la pequeña Mariel.

Ya había pasado el primer mes desde que se mudaron conmigo, y el calor ya se hacía sentir. Mariel cambió los pantalones por shorts, unos más cortos que los anteriores, lo que hacía imposible no prestarle atención. Para colmo ya era una costumbre que desde que llegaba de la oficina, hasta que llegaba la hora de dormir, pasemos el tiempo los dos solos, mientras mi hermano trabajaba en algún lugar de capital. Mariel se paseaba, ya con confianza, de aquí, para allá, moviéndose con desenvoltura, mientras yo la seguía con la mirada lasciva y los pensamientos lujuriosos.

Ya tenía bastante confianza conmigo, y tenía la costumbre de apoyar su mano en mi rodilla cuando conversábamos. También le gustaba salir de la ducha envuelta en una diminuta toalla, para ir a vestirse a su cuarto, y siempre lo hacía cuando yo estaba en casa, como asegurándose de que la viera. Esto se repetía casi todos los días, y yo fantaseaba con seguirla hasta su cuarto y desatar esa toalla para poseer ese cuerpo húmedo, lleno de voluptuosidad.

A medida que pasaban los días, ella dejaba caer cada vez más comentarios negativos sobre mi hermano. Le molestaba que ya no la llamara por las noches, siendo ella la que siempre debía tomar la iniciativa. Le dolía su ausencia continua, aunque sabía que eso se debía a que su trabajo quedaba bastante lejos, cosa que, sumada a las horas laborales, le consumía muchísimo tiempo. Y ya no le bastaba con la satisfacción sexual, necesitaba sentirse querida y protegida.

Cuando me dijo eso, me miró con ojos vidriosos, y yo me pregunté si lo que necesitaba no era más que a mi persona.

—¿Estás saliendo con alguien? —me preguntó una noche.

—No, creo que para las mujeres soy bastante aburrido.

—No seas tonto, si sos divino. —Me consoló.

Cambié de tema, porque mi cabecita estaba a mil por hora. Ella estaba muy cerca de mí, y tuve que hacer una fuerza inhumana para no comerle la boca. Al final nos fuimos a dormir. Ella me dio un beso en la mejilla, más tierno de lo normal. Esa noche fue muy difícil quedarme en mi cuarto, teniéndola tan cerca, al otro lado de la pared. Fue muy difícil, pero Marcelo no merecía una traición como esa. Me dormí a las cuatro de la madrugada, luego de haberme masturbado tres veces, orgulloso de haber pasado una prueba tan dura.

Pero al otro día ya no pude más.

Los hombres estamos acostumbrados a la lógica machista, y en el fondo, creemos que el conquistar a una mujer y conseguir llevárnosla a la cama, depende pura y exclusivamente de nuestra astucia y nuestro poder de seducción. Pero ellas también actúan en base a sus necesidades. Lo hacen de maneras más sutiles, pero más eficientes, y cuando uno apenas se da cuenta, la telaraña ya está tejida, y nosotros, atrapados en ella.

Mientras yo me desvivía por reprimir mis sentimientos, Mariel habría de tener sus propias fantasías. Mientras yo creía tener controlada la situación, era ella, quien, con simples actos, se aseguraba de instalarse en mi cabeza. Y cuando yo creía haber decidido ser fiel a mi hermano, ella ya había tomado otra decisión por los dos.

Era el atardecer y Mariel había salido de la ducha. Como era su costumbre, salió todavía húmeda envuelta en una toalla. Su piel marrón brillaba por las gotitas que perlaban su pequeño y sinuoso cuerpo. Me miró, más provocadora que de costumbre. Al rato, mientras ella estaba en su cuarto, yo también entré a bañarme, ya que recién había llegado del trabajo, y necesitaba sacarme los olores urbanos. En la pileta me había dejado su tanguita blanca. A esas alturas yo ya sospechaba que eso formaba parte de su ritual de seducción, así como dejarse ver semidesnuda después de la ducha. Agarré la diminuta tela blanca y me la llevé a la nariz. Percibí un leve aroma a pis, y un olor más poderoso. Olor a fluidos. Me senté en el inodoro y me masturbé, frotándome el sexo con una mano, y sosteniendo la tanga con la otra, llevándola a mi rostro, sin dejar de olerla. Cuando acabé, creí que ya había apaciguado mi excitación, pero estando en la ducha, con la vista de la tanguita a unos centímetros, me puse al palo de nuevo, y tuve que eyacular por segunda vez, sabiendo que, si no lo hacía, corría el riesgo de hacer una locura durante las largas horas que compartiría con Mariel.

Salí del baño preocupado, ya que notaba que mi atracción hacia ella se tornaba cada vez más difícil de controlar. Quizá ya era hora de hablar con mi hermano, y decirle, amablemente, que por favor busque otro lugar donde instalarse. O quizá debía hablar con Mariel, y decirle que tal vez no era apropiado que se pasee por la casa tan provocadoramente. Luego descarté ambas opciones, y concluí que debía ser yo quien cambie de actitud. Lo correcto sería evitar pasar tanto tiempo con Mariel, aunque no tenía en claro cómo lo haría, ya que su presencia era casi ineludible.

Todo esto estaba cavilando cuando atravesé el pasillo para ir al lavadero a dejar la ropa sucia, cuando mi mente se quedó en blanco porque vi a Mariel, sobre el sofá, todavía con el pelo mojado. Estaba boca abajo, con las piernas flexionadas y los pies apuntando el techo. Me sonreía. Su piel marrón se tornaba pálida ahí, donde debería estar cubierta por su tanga y su corpiño.

Estaba completamente desnuda.

Su culo redondo, grande para su cuerpito, y firme como solo lo puede tener una chica de dieciocho años, estaba un poco levantado, como ofreciéndose.

Tiré la muda de ropa que tenía en brazos al piso. No dije nada. No dijimos nada. Me acerqué a ella.

Olí su cuerpo recién bañado. Era la fragancia del paraíso. Besé su cuello. Lo lamí. Luego su hombro, y después chupé su espalda mientras mis dedos, ansiosos, comenzaban a reconocer su trasero. Al acariciarlo noté que era tan terso como parecía. Mis labios bajaban por su piel latina, y la pequeña Mariel suspiraba profundamente al sentir mi boca y lengua. Mordisqueé su nalga. Como gimió de placer, lo hice de nuevo, más fuerte, una y otra vez.

—Sí, haceme lo que quieras. —Dijo al fin

—Sos una nena mala. —le dije, dándole una fuerte nalgada.— Muy mala.

—¿Preferirías que sea buena? —Preguntó, la descarada.

—No, me gusta que seas mala. —le dije, dándole otra nalgada.

Me quité la ropa. La tiré a un costado. Mostré mi verga, la cual, luego de haberla masturbado dos veces, ya estaba erguida, como si nada.

—Que linda pija tenés. —susurró.

—Y vos tenés un cuerpo de carnaval.

Se puso en pose de perrita. Me subí al sillón. Los preservativos estaban en mi cuarto, y no pensaba ir a buscarlos, ya no podía esperar más. Mojé mis dedos y los enterré en su sexo, el cual ya estaba empapado. Apunté mi fierro y lo enterré. Ella gimió dulcemente, con voz de diabla sumisa. La penetré una y otra vez, aumentando gradualmente la intensidad de mis embestidas. Ella enseguida se acostumbró a ser perforada en su totalidad por mi verga, entonces la agarré de las tetas y empecé a cogerla salvajemente. Mariel gemía. Eran los gemidos que tantas veces escuché atravesar las paredes. Esos gemidos me instaban a poseerla con mayor violencia. Desaté una fuerza que no creía poseer. Seguramente, al otro día, apenas podría caminar, pero no me importó. Le di duro, con fuerza, con rabia. Ella soportó estoicamente la salvaje cabalgada, demostrando que era mucho más hembra que muchas mujeres que le doblaban la edad. Gritaba sin reparos, al ser invadida por mi carne dura. Quizá alguien en la calle nos oyó, pero ninguno de los dos se preocupó por eso.

—¿Vas a acabar? —Preguntó, demostrando nuevamente su vasta experiencia.

—Sí, bebé, te voy a llenar las nalgas de leche.

—No, dámela acá. —Dijo, girando su cabeza, pasándose la lengua por el labio superior.— La quiero tomar.

—Sos una nena muy mala.

Retiré mi pija de su sexo. Bajé del sofá y acerqué mi tronco a su carita tramposa.

—Mirá, ya está saliendo la lechita. —dijo, tocando el glande, impregnando su dedo de presemen.

—Acá tenés bebé. —dije, comenzando a masturbarme aceleradamente.

Mariel abrió la boquita. El semen se eyectó con fuerza, cayendo la mayoría en la abertura de su boca. Me miró a los ojos, como una actriz porno, mientras mantenía la boca abierta para que yo disfrute de ver el semen depositado adentro suyo. Luego cerró los labios. Su garganta hizo un sonido gutural. Abrió la boca de nuevo y demostró que había tomado toda la leche, como una nena buena.

Ya satisfecho, me concentré en satisfacerla a ella. Besé sus muslos, y avancé lentamente, hasta encontrarme con su sexo.

—Que rico olor a concha. —dije, y le practiqué sexo oral, mientras, me las ingeniaba para acariciar sus tetas y su orto.

Mariel acabó, con un grito salvaje y peligroso. Su cuerpo se contrajo con una fuerza bestial, y sus piernas me apresaron con violencia, mientras largaba todos sus fluidos en mi cara.

Luego me la llevé a la cama. Mariel se mostró ardiente y sumisa, emprendedora y obediente, juguetona y experta, ansiosa y tenaz. Era hermosa, y era mía, al menos por esa noche.

A la mañana, cuando mi hermano llegó a casa, me sentí culpable, y además, estaba muy preocupado. Sentía pavor imaginando que había dejado alguna prueba de la traición en la casa.

Pero me había asegurado de dejar el living en orden. Mariel se había tragado todo mi semen, y la mayor parte de sus fluidos fueron a parar a mi cara. De todas formas, puse una manta perfumada sobre el sofá, y previo a eso, volqué una taza de café, lo cual explicaría la presencia de la manta de ser necesario. Por su parte, Mariel se había bañado durante media hora después de haberse ido de mi cama, a las cinco de la mañana. Mi cuarto era lo más incriminador, ya que, a pesar de que tiré perfume, todavía olía a sexo y a transpiración de los dos cuerpos que habían gozado sin parar.

Me fui al trabajo, nervioso, temiendo que al volver me encontraría con una horrible situación. Pero Mariel me mandó un mensaje diciéndome que todo estaba bien, que lo que pasó iba quedar entre nosotros y nadie más, ya que Marcelo estaba tan ocupado que no sospecharía nunca.

“¿Sabés que lo que hicimos estuvo mal, no?” Le pregunté por mensaje. “No te pongas pesado con la culpa”, me contestó ella.

Al salir del trabajo, me quedé dando vueltas por el centro. Llegué recién a la noche.

—No te pongas así de serio, si te arrepentiste, no lo hacemos más, y listo. —dijo Mariel, al notarme más callado de lo usual.

—No te confundas, lo de anoche fue hermoso, pero no le podemos hacer esto a mi hermano.

—Pero ya se lo hicimos.

—Entonces hay que terminar.

—Está bien. Igual no te sientas culpable. Marcelo ya no me quiere. Se nota que tiene otra.

—Eso no lo sabés, y aunque fuese cierto, es diferente… Yo soy el hermano. Nuestra traición es diez veces peor que supuesta traición de él.

—Sos más divertido cuando estás alzado. —Dijo la pendeja, levantándose, y yéndose a su cuarto.

A la noche, como era de esperar, no podía dormir. Pero estaba decidido a no repetir el error del otro día. Cuando ya no sabía qué hacer para dormir, acudí a mi vieja amiga, mi mano derecha. Mis dedos envolvían y frotaban mi tronco resbaladizo, y estaba muy cerca de acabar, cuando se abrió la puerta de mi cuarto.

Mariel encendió la luz. Estaba en tetas, descalza, y su diminuta tanga blanca era la única tela que la cubría.

—Me vas a volver loco, pendeja.

Hice a un lado el cubrecama, mostrando mi cuerpo desnudo, y mi verga a punto de estallar.

—¿Qué estabas haciendo, cochino? —dijo la zorrita. Se subió a la cama, y gateó lentamente hasta encontrarse con mi fierro caliente.

Se mordió el labio inferior. Agarró el tronco.

—Está todo pegoteado, y tiene mucho olor a pija. —dijo, fingiendo voz de nena que desaprobaba una travesura de otro niño.

—Bien que te gusta, zorrita.

La agarré de la cabeza e hice un movimiento para ofrecer mi verga. Ella abrió la boca golosa, inmediatamente, y comenzó a mamar como bien sabía hacerlo.

—Ahora te vas a tomar la leche, putita, toda.

Mariel chupaba con deleite, mientras me acariciaba las bolas, llenas de bello. Yo le acariciaba la cabeza con ternura. Pronto mi semen inundó de nuevo su boquita.

—¿ves? Me la tomé toda, como me ordenaste.

—Así me gusta, que seas una nena obediente. —dije, acariciando su carita preciosa.— ¿Ahora sabés lo que quiero hacer?

—¿Qué?

—Voy a perder mi dedo en tu culito.

—Está bien, pero sólo el dodo. La tenés muy grande para mí.

Giró su cuerpito. Ofreció su culo. Yo me chupé el dedo y se lo enterré. Cuando lo saqué, lo encontré impecable.

—Así me gusta, que te prepares para todo.

Ella empezó a juguetear de nuevo con mi verga, mientras yo le escarbaba el orto, y besaba sus nalgas. En seguida me puse al palo de nuevo, y el placer de la felación, combinada con el deleite de penetrar su culito, era increíblemente hermoso, era perfecto.

—Quiero más leche. Por favor dámela.

Se la di, tal como quería.

Al otro día repetí mi peregrinación por el centro, debido a la culpa. Otra vez la evadí durante la cena. Pero a la madrugada, esperé que en algún momento entre a entregarme su cuerpo.

Pero esta vez no lo hizo.

Me quedé despierto hasta la hora de levantarme. Lo vi llegar a Marcelo, y oí los gemidos de Mariel a través de las paredes.

La culpa no me permitía sentir celos, pero esa misma culpa tampoco iba a hacer que desista de acostarme con ella, lo sabía.

A la tarde encontré la casa sola. Le envié un mensaje preguntándole dónde estaba, pero si bien lo había leído, no lo contestó.

Cené solo, y recién cuando estaba en la cama la escuché llegar.

Fui a su cuarto.

—¿Dónde estabas?

—¿Qué te importa?

—¿Por qué me hablas así?

—¿Te pensás que me vas a tener cuando quieras? —dijo ella.

—¡Pero si vos me buscaste la otra noche! —contesté, indignado.

—Bueno, ahora no quiero nada, andate.

—Y claro, si hoy te cogió bien Marcelo, ¿no?

—Es mi pareja.

—¿Y yo que soy? ¿Tu juguete?

—Andate por favor.

—No me voy nada.

Agarré el cubrecama y lo tiré a un lado. Estaba acostada con una remerita negra y una tanguita.

—¡Basta, andate!

Le arranqué la tanga, dejando su sexo a la vista. Me desnudé. Sus quejidos duraron poco. Enseguida fueron reemplazados por gemidos.

—Vos sos mía. —le susurraba al oído, mientras la penetraba, con mis brazos rodeándola, como cadenas de las que no se podría liberar. —vos sos mía.

…..

Ya pasaron cuatro meses desde que se mudaron. Contra todo pronóstico, Marcelo conservó el trabajo. Y por lo visto también recompuso su relación con Mariel, porque desde que se fueron, ella no contesta ninguno de mis mensajes donde la invito a visitarme.

Pero hoy vienen a cenar. Me pregunto si los convenceré de quedarse a dormir. Me pregunto si mi hermano nos dejará solos, casi regalándome a Mariel, como lo hizo tantas veces.

Estoy seguro de que ella no se olvidó de mí. En las últimas semanas de convivencia fue más mía que de mi hermano.

Hoy vienen a visitarme. Quizá…

Fin.

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