Pocas cosas me rompían más las bolas que ir a las reuniones sociales del colegio de Alana e intercambiar opiniones con los padres de sus compañeras. Todos eran de esa clase media engrupida de zona norte que, por tener un relativo éxito comercial o de negocios, creen que son la raza superior. Supuestos progres que rápidamente llaman a la cana si ven por el barrio a un vagabundo sin hogar que “afea” su entorno o son capaces de apoyar a un presidente si les consigue que su economía mejore un poco, olvidándose que sea misógino, corrupto o poco democrático. Mi señora lo sabía y aceptaba que yo dé la cara, salude un poco y me escape ni bien podía a pasear.