Les aseguro que para los ginecólogos no hay nada más normal que una mujer con las piernas abiertas mostrando su vagina, resignándose a que las miremos las toquemos las penetremos con cualquier tipo de instrumento. He aprovechado en algunas ocasiones mi condición de médico para toquetear más de la cuenta cuando el caso lo ameritaba o percibía que, al menor roce, se excitaban y nada podían hacer para ocular la calentura.
Fantasías Eróticas
Mi antigua amiga, el encuentro
Nos conocíamos desde niños habíamos compartido la escuela, luego de años de no saber nada de ella nos encontramos y fue el comienzo de una excitante y fogosa amistad.
Hacía unos meses, que me había separado, y como las mujeres olfatean la desesperación de un hombre, hacía meses que no tenía sexo.
Mi primera infidelidad
Esto ocurrió en mi primer trabajo, aún no había terminado mis estudios de contabilidad, ya tenía novio desde hacía casi 2 años y encontré este puesto de asistente contable en una pequeña empresa que vendía insumos para industrias; éramos el jefe (dueño de la empresa), la secretaria, yo la asistente contable, 30 vendedores y 3 operarios. Como verán eran más de 30 hombres y solo 2 mujeres, nos trataban como reinas pero también éramos sus objetos del deseo jeje.
Nuestra primera experiencia cornuda
En nuestros años de noviazgo cuando aún éramos unos universitarios nos encantaba buscar nuevas formas de disfrutar nuestra sexualidad, en unas de las tantas veces que veíamos porno en el motel nos fuimos encontrando pornografía de esposas compartidas y cuckold, lo que nos dio mucho morbo y decidimos probar la idea de poner los cuernos.
Trío con esa dama y su pareja
La distancia impide el contacto físico, piel con piel, una limitación que no nos impide sentir y desear. Lo que está claro es que el sexo es cosa de dos; volver a estar juntos es un anhelo que teníamos ella y yo, pero se antojaba difícil que se pudiera dar viviendo en ciudades diferentes y con respectivas parejas.
De vacaciones con esposa deseada
Todo empezó en aquel hotel de la costa, durante unas supuestas vacaciones que yo mismo había insistido en reservar. Me llamo Carlos, tengo cuarenta y cuatro años, y mi mujer, Teresa, treinta y nueve. Llevábamos diecisiete años casados y dos hijos que, por suerte, esa semana se habían quedado con los abuelos. Yo necesitaba desconectar. Teresa… ella simplemente accedió, como siempre, con esa sonrisa tranquila y ese cuerpo que parecía hecho para volver locos a los hombres.
Mi esposa y mi suegro
Más de una vez le había preguntado a mi esposa quien era la persona más imprevista con quien había tenido relaciones. Siempre se reía y no me contestaba. Lo más que me decía era que nunca imaginaría quien fue. Tampoco insistí mucho en el tema.