—¿Me dejas bailar con Sofía? —me preguntó.
Miré a mi mujer y le dije que sí; yo ya estaba agotado y ella quería seguir. De pronto, soltaron un reguetón bien sucio. Me quedé sentado viendo cómo ese tipo se le pegaba. Diego empezó a restregarle todo el paquete en el trasero a mi esposa y ella, en vez de alejarse, se lo restregaba con más ganas. Con las luces de discoteca no distinguía bien, pero juraría que el tipo le estaba apretando una teta mientras perreaban.
Al terminar, regresaron a la mesa; Diego se sentó, pero Sofía ni me miró y ya se estaba yendo a la pista de la mano con Alberto. Ya ni me pedía permiso, simplemente se dejaba llevar, bailando bien apretada con sus compañeros mientras yo seguía bebiendo y viendo cómo me la manoseaban.
Cuando por fin se sentó, estaba jadeando, con la respiración acelerada.
—¿La pasaste bien? —le pregunté al oído.
—Más que bien, amor, gracias —me contestó con una sonrisa maliciosa.
Mi cabeza volaba: mi mujer bailando con otros hombres, dejándose tocar y viéndose tan excitada. En vez de encabronarme, me dio un morbo ni el hijueputa. Saber que le excitaba que la tocaran frente a mí me puso la verga de piedra. Empezó la música de despecho y, aprovechando el desorden y las luces bajas, le pasé un brazo por el cuello y con la otra mano le busqué la entrepierna. Ella no me quitó; al contrario, se mordió el labio y abrió las piernas. Al meterle la mano, noté que el calzón estaba empapado. Estaba chorreando. Sin pensarlo, le moví la tanga hacia un lado y le metí tres dedos con fuerza. Ella empezó a gemir duro, total, la música tapaba todo.
Nos despedimos rápido y volamos a la casa. Apenas entramos, la tiré sobre el sofá que da justo a la ventana de la calle. La puse en cuatro de un viaje, le levanté el vestido rojo y le bajé la tanga hasta las rodillas. Le metí la verga de un solo tajo mientras la agarraba del pelo.
—Te vi cómo disfrutaste que esos tipos te tocaran. Estás empapada, perra, seguro que te corriste con ellos —le siseé.
—Papi, perdóname, pero me puse muy caliente… pensar que me estaban viendo fue demasiado rico —gemía ella mientras yo la embestía.
—¿Te gusta que te vean, zorra? Pues abre la cortina para que los vecinos vean cómo te estoy dando.
—No, papi, no me obligues… —decía, pero ya estaba estirando la mano.
Sofía corrió la cortina, dejando la ventana abierta a la calle. Le bajé el vestido por delante, dejándole las tetas al aire mientras le daba por detrás. Ella se agachó, enterrando la cara en el sofá y alzando más el culo para que yo le diera más profundo. Le daba nalgadas mientras la penetraba con toda mi fuerza.
—¡Saca la cara, perrita! Mira hacia afuera, que vean a la perra que tengo de mujer.
Ella levantó el torso, agarrándome de la nuca mientras yo la bombardeaba. Ahí estábamos: ella con las tetas al aire frente a la ventana y yo dándole por ese culo, con el miedo de que alguien pasara. Era de madrugada y no se veía un alma, pero la adrenalina nos tenía locos, tuve un orgasmo junto a ella virtual, la leche se regaba por sus piernas.
Lo más cabrón pasó hace tres días, en el cumple de Sofía. Le dije que invitara a sus amigos y llegaron Diego, Juan y Alberto… y traían cinco botellas de ese mismo vino que nos puso locos en la fiesta. Pero esa historia se las cuento en la segunda parte.