Aquella tarde, a las puertas del verano, estaba un poco nervioso. Tenía una cita o algo parecido con mi vecina Laura.
Usted, querido lector, tiene que saber que mi nerviosismo no era gratuito, si no fruto de mi inexperiencia. A mis cuarenta años había estado con una mujer, con tres si contamos un par de intentos infructuosos que no habían llegado ni a un beso. El problema es que en la relación “seria” (por distinguirla de las otras), la