Mi novia me visita en la escuela

Dos semanas después de que el profe Manuel se cogió a mi novia frente a mí en mi casa… A la hora del recreo, Claudia apareció en el patio. No vestía como la “novia del profe”, sino como una tentación andante. Llevaba un vestido de tubo gris marengo, tan entallado que cada paso que daba con sus zapatillas de aguja era un desafío a la gravedad para sus caderas ensanchadas y su culo firme y monumental. No llevaba sostén, y el aire acondicionado de la escuela hacía que sus pezones rompieran la tela del vestido, marcándose como dos joyas oscuras.

Llevaba una bolsa con el “almuerzo” para mí, pero se detuvo justo donde Manuel estaba de guardia.

—”Hola, profe Manuel…”— susurró Claudia, acercándose tanto que él pudo oler su loción y el aroma natural de su conchita que, como Manuel bien sabía, iba sin ropa interior bajo ese vestido. —”Vine a traerle algo de ‘energía’ a Raúl… pero creo que a usted también le hace falta un postre”—.

La sesión en el cubículo de materiales.

Raúl apareció y, viendo la tensión, les hizo una seña. Los tres nos deslizamos hacia el cuarto de materiales didácticos, un espacio pequeño lleno de mapas, globos terráqueos y colchonetas de gimnasia. En cuanto cerramos la puerta con llave, la fiera se desató.

La clase de geografía humana: Sin mediar palabra, le levante el vestido a Claudia hasta la cintura. Manuel se quedó sin aliento al ver que su papaya estaba ya brillando, lubricada por el morbo de estar en la escuela. Claudia se apoyó contra un estante de libros, arqueando su lomo de puta fina y ofreciendo su culo monumental.

El reencuentro de los profes: Manuel no aguantó más; se bajó el pantalón y la ensartó por el rico ano de pie, mientras yo le daba por la boca y mi amor devoraba verga con una urgencia animal. —”¡Mmmgh! ¡Siii! ¡Denme aquí mismo!”— gemía Claudia sofocada, tratando de no gritar para no ser escuchada por los niños en el patio. —”¡Siento la verga del profe Manuel abriéndome el culito mientras mi amorcito me llena la boca!”—.

La evaluación final.

Claudia estaba en un trance. Cambie de lugar con Manuel. Ahora era yo quien martillaba la vagina jugosa de mi amorcito, haciendo que el vestido gris se subiera hasta su cuello, mientras Manuel le apretaba los grandes senos abultados, dejándole marcas rojas de deseo.

—”¡Miren cómo goteo sobre los mapas!”— susurraba Claudia, viendo cómo su flujo caía sobre un mapa del estado. —”¡Soy la puta de la escuela! ¡Llénenme antes de que toque el timbre!”—.

El clímax fue una carrera contra el tiempo. Los dos hombres descargamos simultáneamente: yo dentro de su vagina y Manuel cubriéndole las nalgas y la espalda con una leche espesa que contrastaba con el gris del vestido.

Mi novia se arregló el vestido como pudo, se limpió la cara con un pañuelo y salió del cubículo con una sonrisa de ángel. Manuel y yo nos quedamos adentro un minuto más, recuperando el aliento, viendo a Claudia caminar por el patio con ese paso abierto de mujer bien cogida.

El ambiente en la sala de nuestra casa estaba cargado de un magnetismo animal. Claudia se había quitado el vestido gris, ese que aún tenía el rastro seco de la leche de Manuel en la espalda, y se había quedado solo con sus zapatillas de aguja. Se sentó a mi lado en el sofá, con sus caderas ensanchadas ocupando todo el espacio y su culo monumental desparramado con una confianza carnal absoluta.

Encendimos la pantalla para revisar los videos de la sesión de hacía dos semanas y la “escapada” de esa mañana en la escuela. Claudia me tomó la verga con una mano, mientras la devoraba con la mirada fija en la televisión, empezó a desnudarse el alma.

La memoria del viernes: El sándwich de verga.

—”¡Ay, amorcito! Mira esa parte del viernes…”— susurró Claudia, señalando el momento en que Manuel la tenía montada y yo le dabas de frente—. “Cuando sentí la verga de Manuel entrando por mi vagina y la tuya hundirse hasta mis ovarios, sentí que mi cuerpo dejaba de ser mío. Sentía el choque de sus dos cabezas dentro de mi vientre… ¡era una presión tan deliciosa! Sentía que me iba a explotar la papaya. Ver a Manuel, ese profe tan serio, transformado en un animal que me agarraba del pelo mientras tú me llenabas la boca… me hizo sentir la puta más valiosa y deseada del mundo. Me encantó que me usaran como un juguete, sin piedad, dándome por todos los hoyitos hasta que no supe ni quién me estaba dando en cada lado”.

El vértigo de la escuela: El riesgo de ser descubierta

Vimos el video del cubículo de materiales, grabado con el celular de forma temblorosa. Claudia se humedeció los labios, recordando el peligro.

—”Lo de hoy en la escuela fue otro nivel de morbo, amor…”— me dijo, apretando mi verga con fuerza—. “Tener al profe Manuel ensartándome el culito contra el estante de libros, mientras escuchaba los gritos de los niños afuera en el recreo, me ponía la papaya chorreando. Sentía que en cualquier momento el director iba a abrir la puerta y vernos ahí, conmigo con el vestido al cuello y ustedes dos turnándose para llenarme. Ese miedo a ser descubierta hizo que mis orgasmos fueran más violentos. Cuando sentí la leche caliente de Manuel resbalar por mis nalgas y tu semen llenándome la vagina en ese cuartito encerrado… sentí que me iba a desmayar de puro gozo. ¡Mírame en el video, amor! ¡Mira cómo pongo los ojos en blanco cuando Manuel me jala el pelo y tú me clavas la verga hasta el fondo!”.

El sentir de una putita entregada.

Claudia se acomodó sobre mi regazo, rozando su conchita irritada contra mí, goteando todavía los restos de la mañana.

—”¿Sabes qué es lo que más me excita, amor? Ver estos videos contigo y darme cuenta de que me encanta ser tuya, pero también me encanta que me compartas. Me pone tan caliente ver cómo Manuel me mira con hambre, cómo me usa como si fuera suya, sabiendo que tú eres el que lo permite. Me siento poderosa siendo la puta de los dos profes. ¡Mira cómo me dejaron el culito de ancho, Cielo! ¡Todavía siento el palpitar de la verga de Manuel adentro! Sácame ya ese rastro con tu leche, amor… quiero que me llenes hasta que me salga por la nariz”.

Mi novia se arqueó, ofreciéndome sus grandes senos abultados y su mirada perdida en la lujuria, lista para que yo terminara de reclamar lo que por la mañana habíamos comenzado.

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